Hola, mucho gusto.
Seguro ya me conoces, aunque normalmente no me presento con flores.
Soy el estrés laboral.
Sí, ese nudo en el cuello, la pierna que no deja de moverse bajo el escritorio y el “Pepito Grillo” que te recuerda ese correo sin responder a las 11 de la noche.
Hoy vine a desahogarme porque, la verdad… ¡estoy agotado!
Un día en mi apretada agenda
Aclaremos algo importante: Yo no soy el villano de la película.
De hecho, podría decirse que soy como el picante en la comida:
- Un poquito: Le da sabor a la vida, te mantiene alerta y te ayuda a terminar ese reporte a tiempo. A esto los psicólogos le llaman eustrés o estrés positivo.
- Demasiado: Te quema, te agota, te roba el sueño y te deja llorando en el baño de la oficina.
El problema no es que exista el estrés laboral. El problema es cuando nunca se va.
Cuando me quedo viviendo en tu oficina a tiempo completo, pierdo mi magia. Me vuelvo pesado, incómodo y tóxico. Y honestamente… nadie quiere convivir con un estrés que no sabe cuándo irse a su casa.
Mi humilde consejo (Para que me dejes descansar)
Sé que en el mundo de la Seguridad y Salud en el Trabajo (SST) se habla mucho de eliminarme.
Pero tampoco me desaparezcan por completo. Me gusta sentirme útil.
Más bien, aprendamos a convivir de una manera más saludable:
1. Ponme horarios: Si estoy contigo durante la jornada laboral, no me lleves también a la cena familiar. No soy un buen invitado fuera del trabajo.
2. Aprende a ignorarme: Si aparezco porque el café se acabó o porque alguien escribió “URGENTE” en mayúsculas, respira. No todo es una emergencia nacional.
3. Usa el botón de pausa: Cuando respiras profundo, haces pausas activas o sales a caminar un momento, me obligas a sentarme y relajarme un rato. Créeme: también me haces un favor.
El estrés laboral no siempre es el enemigo
Un nivel moderado de estrés puede ayudarnos a crecer, adaptarnos y alcanzar objetivos. El problema aparece cuando vivimos permanentemente en modo supervivencia.
Porque cuando el estrés nunca descansa, el talento humano se agota.
Y la verdadera productividad no consiste en estar siempre “encendidos”, sino en saber cuándo apagar el interruptor para recuperar energía y volver con más fuerza al día siguiente.
Entonces… ¿Quién está trabajando para quién?
Ahora la pregunta es para ti:
¿Estás dejando que el estrés trabaje a tu favor… o eres tú quien está trabajando para el estrés?
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